Believing is Seeing

 

LOS FRUTOS TARDIOS DEL AMOR (I)

 Se cierne la noche sobre las calles sin vida. En un parque desierto que hay junto al camposanto, un perro le ladra a la luna. Tiene hambre. El frío va creciendo junto a los claroscuros -y el silencio- y sujeta a la piedra el polvo y la memoria de los difuntos. En la orilla de la laguna, los cisnes dormitan, erguidos a la pata coja sobre los guijarros, ocultando sus cuellos a la cuchilla sediciosa del miedo, desafiando con su inmovilidad extrema las leyes universales que dictan el orden de lo sucesivo. Porque son esas, las aves que habitan el sueño eterno de las diosas; esas, las que llevan dispersando sus graznidos por el tiempo desde las más antiguas horas y esparciendo sus plumas caídas por los últimos confines del orbe, aún desde antes.

 Las aguas barrosas crepitan junto a la orilla, acariciada la película crujiente que las separa de la noche por las espantadas y tiritonas del viento.

 Se ha decidido a bajar por fin. Lleva un bulto en la mano y siente algo parecido a la pena, algo parecido al amor, algo que es más dulce que la tibieza. Había dejado ya de sentirse un pelele cuando pensaba en ella.

 Cuando la recordaba -riéndose, entre besos, junto al portal de su casa- él se reconocía ahora: airoso, galanteador, enamorado y hasta hermoseado por el paso del tiempo y sus conveniencias. Las palabras que sentenciaron el final fueron sólo eso, palabras, ella le podía haber dicho otras distintas a esas, pero él también podía haber sido otro y ella haber sido otra. Y no se trataba de eso, no. De ella se enamoró porque era la que era. Si pudiésemos ir cambiando la realidad a nuestro capricho las cosas perderían su sentido. En ese caso ella no le habría rechazado y ese paseo por la vereda del parque, con las solapas del abrigo alzadas, que le estaba congelando las manos y llenando el corazón de recuerdos, no habría llegado tampoco a existir. Ella era muy bonita.

 Se detuvo un instante, le pareció entrever en las sombras algo que se movía, oyó un ruido entre los arbustos y apretó el asa con todas sus fuerzas. Venciendo al miedo, penetró en la maleza y vio que no había nadie.

 Alcanzó el estanque. Los cisnes permanecían inmóviles -e inmortales- a unos pocos pasos de la orilla. Miró a la luna y le pareció distinguir en su rostro sendas patas de gallo. "De todo lo que se habrá reído y por todo lo que habrá sufrido", conjeturó. Desabrochó con cuidado la cremallera y sacó a la intemperie a sus dos confidentes. Apoyó el uno contra su clavícula, tensó las cuerdas, y con el otro, con el arco, empezó a adentrarse en el discurrir del tiempo. Poco a poco: al principio, con extrema suavidad; luego, con un brío y una fe cada vez mayores.

 La música comenzó a sonar. De uno en uno, lentamente, los cisnes fueron renaciendo a la vida; de uno en uno fueron adentrándose en las aguas y se pusieron a esculpir una especie de vals ralentizado, deslizándose, en silencio, entre los reflejos argénteos vertidos por la diosa.

Fortuna

 

LOS FRUTOS TARDIOS DEL AMOR (II)

  Conduzco deprisa. Es de noche. Verano. La ventanilla abierta. Me joden los ladridos de los perros. No me dan miedo. Si uno de esos cabrones apareciera de repente enmedio de la carretera lo atropellaría. Puta vida. Putos perros. En el parque, los mismos niñatos borrachos de todos los viernes con la música puesta a toda hostía ¿es qué esos cabrones no sabrán que ya s'han inventao' los mp3's o qué hostias les pasa?. El aire anda medio ejcacharrado y en la radio andan los gilipollas esos de siempre a vueltas -como to' las noches- con el puto Real Madrid de loj cojones. Desde que no está el butano ya no eh lo mimmo. ¡Pablo, pablito, pablete...! je, je, je.... Y eso que yo era un mocoso, me parece, pero me acuerdo de puta madre de la martingala esa de pablo, pablito, pablete... ¡cómo molaba, tronco! o, a lo mejor, de habérselo ejcuchado decir a mi viejo. No sé.

 La casa de campo está toda ojcura y sin travelos: estarán todos por ahí mamándola a destajo ¡qué para eso es viernes!. Me deprime no verlos, coño. Le pego al botón para cambiar de emisora. La música clásica me mola, me pone tranqui. Menos cuando aparece a mitad de la canción un tío o una tía dando la brasa a base de gorgoritos. ¡Gorgoritos por aquí, gorgoritos por acá, cha cha cha...! como la Maria Jesús esa de la puta acordeón. La ponen en el pueblo todos los santos veranos de dios. La hostia. La hostia hacerse viejo y empezar a ponerse en cuclilas como un gilipollas delante de un par de viejas puestas en cuclillas con to'el culo lleno de verrugas. ¿Si eso no es la hostia, qué es la hostia, a ver... piénsenlo?. ¡Qué chunga es la vida, copón!. Otra cosa que no me mola de la música clásica es que poco a poco se ponen a tocar todos muy despacito -o muy bajito, para el caso, no creo que lo sepan ni ellos- y de repente, zas, a meter todos caña con las trompetas o los violones, o como cojones se llamen esos trompetones gigantes que tienen los gordos de las orquestas, a toda hostia. Pero a toda hostia, ¿eh?, qué tienes que bajar el volumen al mínimo si no quieres quedarte sordo. Y el que tampoco me hace puta gracia es el maromo del pito y el gorrito de soldao marica de añonuevo, me levanto con resacaza... todavía medio atragantao con la farla... a la cocina a beber agua helada y ahí está mi vieja, en el saloncito, mirando embobada al maromo del gorro, con cara de gilipollas, la pobrecilla. ¡Qué guapo es! dice en voz alta porque ma' oído pasar por el pasillo y sabe que estoy en la cocina trajinando. Y la hostia tammién, mu guapo, mu guapo... ¡¡qué se te va a quemar el pollo, maama!! voy y la'viso, porque soy un buen hijo. Y práctico.

 He quedao con el Guille y el Chorros en un sitio donde aparcan los coches los fines de semana al lao' del estanque de los patos, porque esta noche vamos a montarla parda. Ma'han dicho que a lo mejor vienen la Yeni y la Sonia. Mejor. A la Yeni me la'ha tirao' ya pero no me importaría repetir. Le pica mucho a la Yeni. Sé que me tiene ganas, la cabrona, y a mi si se me busca me se encuentra. De ley. Yo me'quedao' encargao' de la priba y esos dos comemierdas ma'han dicho que van a llevar to'l pastilleo. Lo vamos a pasar buten. De fijo.

 La última vez estuvo bien, lo pasamos de buten. Bueno, no estuvo tan bien. Nos pusimos hasta el culo de Brugal, como los pijos, y yo me comi un pikachu creyendo que era una verde. El ácido me subió por el culo a la coronilla a velocidad de rayo y a la pipa, los cabrones, no me dejaron ni acercarme. Empecé a soltarles que era poeta o que era Zapatero, o no sé que hostias, y los tíos estuvieron partiendose el culo conmigo toda la noche. Pero hoy va a ser distinto, un par de cubatas o tres, unos magreos a tope con la Yeni dentro del León, haciendo tiempo a que se vayan a su puta casa los coches de to'a la peña de novios que se junta a follar al lao' del estanque, y venga... pim, pam, pum esta noche no pienso dejar vivo a un puto cisne. ¿Vaaale?.